
…Conferencia motivacional?
Cuando una empresa me llama para participar en una convención, un encuentro de directivos o un evento corporativo, hay una expresión que aparece con bastante frecuencia: “Estamos buscando una conferencia motivacional”. Y lo entiendo perfectamente. En muchas ocasiones, detrás de esa petición hay una necesidad muy concreta: conseguir que las personas salgan de la rutina, recuperar energía, generar optimismo, reforzar la cohesión del equipo o simplemente cerrar un evento dejando una sensación positiva. Todo eso tiene sentido y, de hecho, creo que una buena conferencia debe ser capaz de conseguirlo.
El problema aparece cuando pensamos que eso es suficiente.
Porque reunir durante una hora a cien, quinientas o mil personas de una organización es una oportunidad demasiado valiosa como para limitarse únicamente a conseguir que salgan motivadas. La motivación puede ser intensa, emocionante y necesaria, pero también puede ser efímera. Todos hemos salido alguna vez de una conferencia con la sensación de que íbamos a cambiar muchas cosas y, unos días después, hemos vuelto exactamente a los mismos hábitos, a las mismas conversaciones y a la misma manera de interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor.
Por eso, cuando me preguntan si lo que hago es una conferencia motivacional, mi respuesta suele ser que sí, pero que intento que sea bastante más que eso.
¿Qué debería conseguir realmente una conferencia motivacional?
Una conferencia motivacional suele buscar provocar un determinado estado emocional. Que la audiencia recupere confianza, energía, ilusión o ganas de actuar. Y no tengo ningún problema con esa definición. La emoción es importante porque condiciona nuestra atención, nuestra disposición a escuchar y nuestra manera de enfrentarnos a una situación. Sin emoción es muy difícil generar movimiento.
Sin embargo, después de muchos años trabajando sobre escenarios, he llegado a una conclusión: no me interesa únicamente lo que una persona siente mientras me está escuchando. Me interesa mucho más lo que piensa cuando termina la conferencia y, sobre todo, qué hace de forma diferente después.
Para mí, esa es la verdadera pregunta.
No quiero que alguien salga pensando simplemente “qué buena conferencia”. Prefiero que salga pensando “nunca había visto esto de esta manera”. Porque cuando cambia nuestra manera de interpretar una situación, también cambia nuestra manera de responder ante ella. Y ahí es donde una conferencia empieza a convertirse en algo más profundo que un momento de inspiración.
Motivar está bien. Cambiar la perspectiva es mejor.
Desde hace tiempo utilizo una frase para explicar mi manera de entender este trabajo: No doy conferencias. Cambio perspectivas.”
No es una frase contra las conferencias motivacionales. De hecho, mis conferencias tienen emoción, humor, participación, sorpresa y momentos diseñados precisamente para generar una energía muy alta en la sala. La diferencia es que intento utilizar toda esa energía como un medio y no como un fin.
La motivación me sirve para abrir la puerta. Después quiero hablar de cómo pensamos, de cómo tomamos decisiones, de cómo influimos sobre otras personas, de cómo interpretamos la incertidumbre o de por qué muchas veces creemos estar tomando decisiones completamente racionales cuando en realidad existen multitud de procesos psicológicos condicionando nuestra percepción.
Eso es lo que realmente me interesa.
Porque buena parte de lo que ocurre dentro de una organización no depende únicamente de procesos, estrategias o tecnología. Depende de personas interpretando información, tomando decisiones, intentando influir, comunicándose unas con otras y reaccionando ante situaciones que muchas veces no controlan.
Y ahí es donde mi trabajo se aleja de una conferencia motivacional tradicional.
No quiero explicarte cómo funciona tu mente. Quiero que lo experimentes.
Mi formación como Psicólogo organizacional y mi trayectoria como Directivo y Mentalista me han permitido trabajar durante años en un terreno que me parece fascinante: el comportamiento humano. Pero hay una diferencia importante entre contar cómo funciona un determinado mecanismo psicológico y conseguir que alguien lo experimente en primera persona.
Por eso, en mis conferencias no me limito a explicar conceptos. Intento que sucedan cosas delante de la audiencia.
En ocasiones puedo anticipar una decisión. En otras, influir sobre una elección, jugar con la percepción o demostrar hasta qué punto nuestra atención puede dejar fuera información que estaba literalmente delante de nosotros. También puedo mostrar cómo un pequeño cambio en la forma de presentar una situación modifica la manera en la que respondemos a ella.
Cuando eso ocurre, la teoría desaparece.
Ya no estoy diciendo que nuestra mente funciona de una determinada manera. La audiencia acaba de comprobarlo. Y eso cambia completamente la experiencia.
Lo interesante, además, es que el objetivo no consiste en demostrar que tengo ninguna capacidad extraordinaria. Precisamente intento demostrar lo contrario. Lo que sucede sobre el escenario tiene que ver con mecanismos psicológicos que utilizamos todos los días y que afectan a nuestra manera de decidir, persuadir, negociar, liderar o interpretar la realidad.
El mentalismo, en ese sentido, no es el mensaje. Es la herramienta que utilizo para hacer visible el mensaje.
Cuando la audiencia deja de ser espectadora
Otra diferencia importante es que no concibo una conferencia como una situación en la que una persona habla y otras quinientas escuchan pasivamente durante una hora.
Necesito que la audiencia forme parte de lo que ocurre.
Quiero que haya personas tomando decisiones, participando, equivocándose, acertando, dudando y descubriendo que quizá no controlan tanto algunos de sus procesos mentales como pensaban. Quiero que la sala se convierta durante un rato en una especie de laboratorio de comportamiento humano.
Y ahí ocurre algo muy interesante.
Cuando ves a una persona de tu propia empresa tomar una determinada decisión, caer en un sesgo o dejarse influir por una variable que aparentemente no debería haber importado, la psicología deja de ser algo abstracto.
Lo acabas de ver.
Probablemente también te hubiera ocurrido a ti.
Ese momento genera sorpresa, pero sobre todo genera reflexión. Y esa reflexión es la que después permite conectar la experiencia con situaciones reales que ocurren dentro de cualquier organización.
Lo importante no es lo que ocurre en el escenario, sino lo que significa
Una demostración puede ser espectacular, pero si termina únicamente en el aplauso, para mí se queda incompleta.
Siempre hay una segunda pregunta: ¿Qué tiene esto que ver con tu trabajo?
Y normalmente la respuesta es mucho más de lo que imaginamos.
Los mismos mecanismos que aparecen sobre un escenario influyen cuando un cliente valora una propuesta, cuando una persona interpreta un correo electrónico, cuando un equipo se enfrenta a una transformación, cuando un directivo comunica una decisión o cuando dos personas intentan llegar a un acuerdo.
Por eso utilizo esas experiencias para hablar de temas como influencia, toma de decisiones, percepción, liderazgo, comunicación, sesgos o incertidumbre. No pretendo convertir una conferencia en una clase universitaria de psicología. Todo lo contrario. Intento que conceptos que pueden resultar complejos se conviertan en algo sencillo, visual y fácil de recordar.
Porque comprender cómo funciona un determinado mecanismo aumenta nuestra capacidad para reconocerlo cuando vuelve a aparecer.
Y eso sí puede modificar nuestra manera de actuar.
Una conferencia motivacional también tiene que competir por la atención
Hay otro aspecto del que se habla poco cuando pensamos en una conferencia motivacional para empresas: la atención.
En un evento corporativo estamos compitiendo contra muchas cosas. Contra teléfonos móviles, correos pendientes, reuniones que acaban de terminar, conversaciones que siguen abiertas y problemas que probablemente esperan a las personas cuando vuelvan a sus puestos de trabajo.
Podemos tener el mejor contenido del mundo, pero si no somos capaces de captar y mantener la atención, ese contenido no sirve de mucho.
Por eso utilizo mucho el asombro.
Cuando sucede algo inesperado sobre un escenario, cambia inmediatamente la atención de la sala. Hay un instante en el que todo el mundo quiere entender qué acaba de pasar. Ese instante me interesa especialmente, porque es el momento perfecto para introducir una idea.
La sorpresa abre la puerta. La reflexión entra después.
Por eso nunca he entendido el mentalismo como una interrupción dentro de la conferencia. No se trata de parar el contenido para hacer un efecto y entretener a la audiencia. Se trata de utilizar una experiencia para que el contenido se recuerde mucho mejor.
La experiencia y el mensaje tienen que ser la misma cosa.
Entonces, ¿es una conferencia motivacional?
Sí. Pero no solo.
Quiero que las personas salgan motivadas, por supuesto. Quiero que disfruten, que se sorprendan, que se rían y que recuerden el evento. Pero también quiero que se cuestionen algunas cosas.
Quiero que se pregunten por qué han tomado determinada decisión. Que descubran hasta qué punto nuestra percepción puede engañarnos. Que entiendan que influimos constantemente sobre otras personas, incluso cuando no somos conscientes de ello. Que comprendan que la forma en la que presentamos una idea puede cambiar completamente la manera en la que esa idea es recibida.
En definitiva, quiero que durante una hora pasen cosas que les obliguen a mirar de otra manera situaciones que viven todos los días.
Para mí, eso es mucho más interesante que limitarse a generar un pico de motivación.
¿Qué debería preguntarse una empresa antes de contratar una conferencia motivacional?
Creo que existe una pregunta especialmente útil para cualquier persona que esté organizando un evento y buscando un conferenciante motivacional ¿Qué queremos que recuerden las personas dentro de seis meses?
No cuando termine la conferencia. No cuando salgan del auditorio. Dentro de seis meses.
Si la respuesta es que queremos que recuerden que fue divertido, emocionante y que salieron con mucha energía, existen excelentes conferenciantes capaces de conseguirlo.
Pero quizá quieras algo más. Quizá quieras que recuerden una idea. Una pregunta. Una demostración.
Una experiencia que, meses después, siga apareciendo cuando tengan que tomar una decisión, influir sobre alguien, liderar una conversación o enfrentarse a una situación de incertidumbre.
Ahí es donde creo que una conferencia puede convertirse en algo realmente poderoso.
La motivación puede encender una chispa. Una nueva perspectiva puede cambiar una conducta.
No tengo nada contra las conferencias motivacionales. Todo lo contrario. Creo que la motivación es necesaria y que vivimos en un momento en el que las organizaciones necesitan más que nunca generar confianza, energía y sentido.
Simplemente creo que podemos aprovechar esa hora para conseguir algo más.
Podemos utilizar la emoción para captar la atención. Podemos utilizar la sorpresa para romper automatismos. Podemos utilizar la psicología para entender por qué hacemos lo que hacemos. Y podemos utilizar la experiencia para conseguir que determinadas ideas permanezcan cuando la conferencia ya ha terminado.
Porque, al final, mi objetivo no es únicamente que la audiencia salga motivada. Mi objetivo es que salga viendo algo que antes no veía.
Y cuando cambia la manera en la que vemos una situación, aumenta enormemente la posibilidad de que también cambie nuestra manera de actuar.
