Empatía real: por qué «ponerte en sus zapatos» no es suficiente

La empatía real no es ponerte en sus zapatos: pregunta, compasión y acción

Casi todo el mundo define la empatía de la misma manera: ponerte en el lugar del otro. Imaginar lo que siente. Vivir, aunque solo sea por un segundo, su punto de vista.

Y no está mal como intuición previa. Pero es una aproximación incompleta a la auténtica realidad que está experimentando la otra persona. Esto es algo que la ciencia de la psicología lleva años estudiando, midiendo y confirmando. Y es que la empatía real no solo trata de imaginar cómo se siente alguien. Ni siquiera consiste en sentir lo mismo que siente la otra persona. Es algo más complejo, bastante más exigente, pero más útil que todo eso.

El mito de «ponte en mis zapatos»

Vamos a empezar con un hallazgo muy revelador pero aparentemente muy contraintuitivo: imaginar la perspectiva de otra persona funciona mucho peor de lo que creemos.

Nicholas Epley, psicólogo de la Universidad de Chicago, lo ha puesto a prueba de forma sistemática. Su equipo repitió el ejercicio de «ponerte en el lugar del otro» en 25 experimentos distintos, publicados en el Journal of Personality and Social Psychology, pidiendo a la gente que predijera lo que pensaba, sentía o prefería la otra persona. El resultado fue consistente: imaginar la perspectiva ajena no mejoraba las predicciones, y en varios de los estudios las empeoraba ligeramente, aunque curiosamente sí aumentaba la confianza de quien lo intentaba.

Es decir, te sientes más seguro de entender al otro sin entenderlo realmente mejor. En un experimento aparte dentro del mismo trabajo, comparó esa estrategia con la de preguntar directamente a la persona, y ahí sí hubo una diferencia clara: conseguir la perspectiva real del otro, en lugar de imaginarla, mejoraba la precisión de forma consistente.

Epley lo llama la diferencia entre «perspective-taking» y «perspective-getting»: entre inferir la perspectiva de alguien desde tu propia cabeza, y conseguirla realmente, desde la suya. El problema de imaginar es que partes de ti mismo. De tus propios sesgos, tu propia experiencia, tus propios miedos. Si tu punto de partida ya está equivocado, imaginar con más intensidad solo va a amplifica el error. Te sientes más seguro de entender al otro, pero no entiendes más.

Así que el primer matiz a tener en cuenta es: a la empatía no se llega imaginando. A la empatía se llega, antes de nada, preguntando.

Sentir lo mismo no es lo mismo que ayudar

Hay un segundo matiz, todavía más importante, y viene de un psicólogo llamado Daniel Batson, que en los años ochenta hizo un descubrimiento que sigue vigente hoy en día: no todas las emociones que sentimos ante el dolor ajeno son del mismo tipo.

Batson distinguió entre dos reacciones que se parecen por fuera pero son completamente distintas cuando las miras desde dentro. Una es la angustia personal: te contagias del malestar del otro, y en ese momento ese malestar empieza también a ser tuyo. La otra es la preocupación empática: sientes por el otro, pero sin ser tú el protagonista.

Y aquí viene lo importante para tener en cuenta con estas dos reacciones: ambas llevan a comportamientos opuestos. La angustia personal, al ser en el fondo una incomodidad propia, nos empuja a escapar de la situación para dejar de sentirla. Pero la preocupación empática, al estar centrada completamente en el otro, nos empuja a ayudar.

En otras palabras: puedes sentir muchísimo ante el sufrimiento de alguien y aun así no hacer nada por ayudarle, porque toda esa emoción va a está puesta en gestionar tu propia incomodidad, no en la de la persona que tienes delante. Sentir con alguien no es lo mismo que sentir por alguien. Y solo lo segundo, según Batson, predice que actúes en la dirección correcta.

Por qué la empatía, mal entendida, nos quema

Este apunte no es baladí. Es más, no entender esta distinción tiene una consecuencia bastante seria, y la investigadora Tania Singer, del Instituto Max Planck, lo demostró con mucha claridad.

Singer y su equipo entrenaron a un grupo de personas en empatía pura: la capacidad de resonar con el dolor ajeno. Y a otro grupo lo entrenaron en compasión: una disposición más cálida, orientada a desear el bienestar del otro y actuar en consecuencia. Los resultados, publicados en Social Cognitive and Affective Neuroscience, mostraron algo que nadie podría esperar.

El entrenamiento en empatía activaba redes cerebrales asociadas al malestar y aumentaba el afecto negativo, dejando a las personas más expuestas al agotamiento. El entrenamiento en compasión, en cambio, activaba circuitos de recompensa y vínculo, y aumentaba el afecto positivo, funcionando casi como un escudo frente a ese mismo agotamiento.

Es una idea difícil de asimilar para cualquiera que trabaje cuidando de otros, ya sea en una consulta, en un equipo o en una relación cercana: la pura resonancia emocional con el sufrimiento ajeno, sin nada más, no es saludable ya que puede llegar a saturarte en exceso o incluso quemarte afectando tu propio estado emocional. Lo que protege, y lo que de verdad ayuda al otro, es un paso más allá de sentir: convertir esa resonancia en una intención de cuidado activo, consciente y deliberado.

La empatía es una decisión (no un rasgo fijo)

Y aquí aparece el tercer y último matiz que puede que sea además el más práctico. Solemos hablar de la empatía como si fuera un rasgo de personalidad: unos la tienen, otros no. Jamil Zaki, psicólogo de Stanford, desmontó esta idea en un trabajo publicado en Psychological Bulletin que tituló, con bastante acierto, «La empatía: un relato motivado».

El argumento central de su trabajo es que la empatía no tiene nada que ver con un acto reflejo. La empatía es algo que regulamos activamente, todo el tiempo, según lo que nos cueste o nos beneficie en cada momento.

Evitamos empatizar cuando anticipamos que va a doler, cuando tememos que nos lleve a ayudar a un coste que no queremos pagar, o cuando compite con nuestros propios intereses. Y buscamos empatizar cuando nos ayuda a conectar con otros, cuando nos hace sentir bien, o cuando refuerza cómo queremos vernos a nosotros mismos.

Como podrás estar concluyendo, esta afirmación tiene una implicación enorme: si la empatía es una acción motivada, también es algo «entrenable». Un metaanálisis publicado en 2025, que reunió 36 ensayos controlados con más de 3.800 participantes, confirma que tanto el componente cognitivo como el afectivo de la empatía mejoran con entrenamiento deliberado, con un efecto de magnitud moderada en ambos casos.

No es un don que se tiene o no se tiene. Es más parecido a un músculo que se activa, que entra en acción según decidamos usarlo, y que se fortalece con la práctica y el hábito.

Entonces, Qué es la empatía real?

Uniendo estas tres piezas, la empatía real deja de ser «imagínate en el lugar del otro» y se convierte en algo bastante más completo: preguntar en lugar de asumir (porque si imaginamos sin datos tenemos muy pocas opciones de acertar). Sentir por el otro y no contigo mismo (porque eso es lo que realmente nos mueve a actuar).

Y transformar esa emoción en una intención de cuidado en concreto (porque quedarnos solo en la resonancia emocional no ayuda a nadie y nos agota). Así que, en base a todo lo anterior la empatía real sería la “capacidad de preguntar en lugar de asumir, de sentir por el otro y no por uno mismo, y de convertir esa emoción en un cuidado concreto hacia la otra persona”. Ni más, ni menos que todo eso.

Por cierto, nada de esto que hemos visto va contra el instinto. Todo lo contrario porque si esto va en contra de algo, es en contra de quedarse solo en el instinto. En resumen, ponerse en los zapatos del otro puede ser el primer paso, la intuición que te avisa de que ahí hay algo que merece tu atención.

Pero la empatía que de verdad transforma una relación, un equipo o una conversación difícil, empieza donde termina la suposición y en la imaginación: en la pregunta que le haces a la otra persona, en la distinción entre lo que sientes tú y lo que necesita el otro, y en la acción que decides tomar después.

Javier Luxor

Referencias:

  • Eyal, T., Steffel, M. y Epley, N. (2018). «Perspective Mistaking: Accurately Understanding the Mind of Another Requires Getting Perspective, Not Taking Perspective». *Journal of Personality and Social Psychology*. 25 experimentos; la toma de perspectiva imaginada no mejora la precisión (y la reduce levemente en varios estudios, d = -0,26 y d = -0,16), mientras que conseguir la perspectiva real (preguntando o viviendo la situación) sí lo hace.
  • Zhou, H., Majka, E. A. y Epley, N. (2017). «Inferring Perspective Versus Getting Perspective: Underestimating the Value of Being in Another Person’s Shoes». *Psychological Science*.
  • Batson, C. D. y colaboradores (1987). «Distress and Empathy: Two Qualitatively Distinct Vicarious Emotions with Different Motivational Consequences». *Journal of Personality*. Estudio fundacional que distingue la angustia personal (motiva escapar) de la preocupación empática (motiva ayudar).
  • Klimecki, O. M., Leiberg, S., Ricard, M. y Singer, T. (2014). «Differential pattern of functional brain plasticity after compassion and empathy training». *Social Cognitive and Affective Neuroscience*, 9(6), 873–879. El entrenamiento en empatía activa redes de malestar y aumenta el afecto negativo; el de compasión activa redes de recompensa y protege del agotamiento.
  • Zaki, J. (2014). «Empathy: A Motivated Account». *Psychological Bulletin*, 140(6), 1608–1647.
  • Metaanálisis 2025 sobre entrenamiento en empatía en medicina: 36 ensayos controlados, 3.833 participantes; d = 0,50 para empatía cognitiva y d = 0,46 para empatía afectiva. *Medical Education Online*.