Regulación emocional: Saber lo que sientes no es suficiente si no puedes hacer algo con ello

ChatGPT Image 13 jul 2026 10 55 56

Regulación emocional… qué es?

Imagina que estás en en una reunión y alguien de tu equipo os presenta algún resultado que no esperabas, o quizás cuestiona una decisión que tu tomaste en el pasado, o puede que comparta con todos algo que percibes como un sutil ataque a tu propio criterio o forma de pensar.

Justo en ese momento, algo se activa dentro de ti. Lo puedes sentir con claridad, ya que sabes perfectamente lo que es. Y aunque sabes que no es el mejor momento para actuar desde ese estado emocional. Aun así, lo haces. Tu respuesta a esta situación sale como un resorte, sin que puedas frenarla. A partir de ahí, el tono de la conversación cambia, todos lo notan perfectamente. Y al salir de la reunión piensas: vaya, otra vez lo he vuelto a hacer.

Si te has reconocido en esa situación (y creo que todos hemos estado ahí), lo que está fallando no es tu inteligencia emocional. Probablemente tengas mucha. Lo que está faltando es algo muy diferente, algo con lo que lo confundimos constantemente cuando hablamos sobre liderazgo y emociones: es la regulación emocional.

La inteligencia emocional, tal como la definieron Peter Salovey y John Mayer en los años noventa y popularizó Daniel Goleman, es la capacidad de identificar, comprender y razonar sobre las emociones, las propias y las ajenas. Es una habilidad cognitiva. La regulación emocional, en cambio, es la capacidad de modular activamente tus respuestas emocionales en función del contexto, de elegir cómo expresas o canalizas lo que sientes en lugar de simplemente reaccionar a ello.

Son habilidades distintas y pueden coexistir en proporciones muy diferentes en la misma persona.

El psicólogo James Gross, de la Universidad de Stanford, lleva décadas investigando los mecanismos de regulación emocional y ha documentado algo importante que cualquier líder debería saberse al dedillo: hay personas con una comprensión muy sofisticada de sus propias emociones que, bajo presión, siguen reaccionando de formas que dañan su efectividad y la de su equipo.

Entender lo que sientes no garantiza que puedas gestionarlo cuando el contexto te empuja a ello. Un estudio publicado en 2024 en el Journal of Applied Psychology confirmó que la regulación emocional predice el rendimiento directivo de forma más consistente que la inteligencia emocional considerada de forma aislada.

En el entorno empresarial, la diferencia entre ambas se hace visible en momentos muy concretos. Piensa en ese directivo que en situaciones de calma es empático, escucha bien, gestiona con mucho criterio. Pero cuando llega la presión, cuando los plazos aprietan o los resultados no acompañan, algo cambia en su forma de actuar.

El tono se vuelve más cortante, las reuniones se vuelven más tensas, las decisiones se aceleran de una forma que después nadie sabe muy bien cómo justificar. Ese directivo no ha perdido su inteligencia emocional. Ha perdido el acceso a ella porque no tiene los recursos para regularla bajo presión.

Otro ejemplo, imagina al líder que ha aprendido a suprimir lo que siente: mantiene la compostura en todo momento, nunca reacciona, parece siempre en control. El problema es que la supresión, como estrategia de regulación, tiene un coste muy alto. Las investigaciones de Gross muestran que suprimir una emoción no la elimina: la mantiene activa a nivel fisiológico y, además, genera en quienes nos rodean una sensación de distancia o de tensión latente que erosiona la confianza con el tiempo.

¿Qué puedes hacer con esto?

Lo primero es distinguir con claridad entre reconocer una emoción y gestionarla. Darte cuenta de que estás frustrado, irritado o bajo presión es el primer paso, no el resultado. A partir de ese reconocimiento, la pregunta relevante es: ¿qué hago con esto ahora? Tener esa pregunta disponible, de forma automática, ya cambia la dinámica.

Lo segundo es practicar la reinterpretación cognitiva antes de los momentos de alta exigencia, no durante. Esta estrategia, que Gross identifica como la más efectiva a largo plazo, consiste en cambiar el significado que le das a una situación antes de que la emoción escale. No es decirse que todo está bien cuando no lo está. Es hacerse estas preguntas: ¿qué otra lectura tiene esto que no estoy viendo? ¿Qué información me falta para entender bien lo que está pasando? Ese cambio de encuadre, practicado con atención, se vuelve accesible también bajo situaciones de presión.

Y lo tercero: crea distancia entre el estímulo y la respuesta (siempre que te sea posible). Una pausa antes de contestar un correo escrito con rabia, una pregunta para ti mismo antes de responder en una reunión tensa, un momento para salir de la sala antes de tomar una decisión que sabes que si no la estarás tomando en caliente. Todo esto no es debilidad…. Se trata de la forma más práctica de que puedas recuperar el acceso a tu propio criterio cuando más lo estás necesitando.

En el escenario del teatro, la regulación emocional no es una opción posible. Si lo que ocurre allí me genera tensión, sorpresa o incertidumbre y lo dejo ver sin filtro, pierdo el control de la situación en décimas de segundo. Lo que el público percibe condiciona lo que ocurre a continuación. Aprender a mantener acceso a tu capacidad de decisión mientras procesas lo que estás sintiendo es, en el escenario como en la sala de reuniones, una de las habilidades más difíciles de construir y más determinantes de los resultados finales 😉

En resumen: no basta con saber lo que sientes. Lo que marca la diferencia es lo que haces con ello en el momento en que más te cuesta elegir.


Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.