
Un espectáculo de mentalismo diferente en Madrid
Hay una palabra que me encanta escuchar durante mi espectáculo de mentalismo: “imposible”. De hecho, cuanto más la escucho entre el público, mejor. “Eso es imposible”, “no puede ser”, “es imposible que supieras eso”… Durante aproximadamente una hora y media intento provocar precisamente esa reacción una y otra vez.
Y eso, dentro de un teatro, es tremendamente divertido. El problema aparece cuando hacemos exactamente lo mismo fuera de él.
¡IMPOSIBLE! es mi espectáculo de mentalismo en Madrid, pero desde hace tiempo siento que es también una especie de laboratorio sobre nuestra forma de pensar. A través del mentalismo, la psicología, la intuición, la percepción y la participación del público voy creando situaciones en las que suceden cosas que aparentemente no deberían suceder.
El espectador busca una explicación, intenta encajar lo que acaba de ver con aquello que considera posible y, cuando no lo consigue, aparece esa palabra casi de forma automática: imposible. Pero precisamente ahí empieza para mí la parte más interesante del espectáculo, porque la pregunta ya no es solo “¿cómo lo ha hecho?”, sino “¿es realmente imposible o simplemente mi mente todavía no sabe cómo explicarlo?”.
Nuestra mente necesita entender lo que ocurre a nuestro alrededor. Necesita encontrar patrones, anticipar, simplificar, clasificar y tomar decisiones rápidas, porque de lo contrario vivir sería insoportablemente complejo. El problema es que muchas veces confundimos esa necesidad de simplificar con la realidad misma.
Si no entendemos algo, tendemos a descartarlo. Si nunca lo hemos visto, nos cuesta imaginar que pueda existir. Si no encontramos una solución conocida, concluimos que no hay solución. En otras palabras, confundimos con demasiada facilidad “yo no sé cómo hacerlo” con “no se puede hacer”. Y esa diferencia, que puede parecer pequeña, cambia completamente nuestra manera de enfrentarnos a las posibilidades.
Durante el espectáculo de mentalismo juego continuamente con esa frontera. Intento que el público vea algo que aparentemente no puede ocurrir, que trate de racionalizarlo, que busque una explicación y que, después de darle unas cuantas vueltas, termine diciendo lo que yo estaba esperando escuchar: “imposible”.
Lo interesante es que, unos segundos antes, quizá esa persona estaba completamente segura de conocer cuáles eran los límites de lo que podía suceder. De repente algo rompe ese marco y aparece una pequeña grieta en sus certezas. No necesariamente porque haya cambiado la realidad, sino porque quizá ha cambiado, aunque solo sea durante unos segundos, su manera de interpretarla.
Una de las ideas que más me interesa trabajar en ¡IMPOSIBLE! tiene que ver con nuestros pensamientos automáticos. Nos gusta pensar que analizamos la realidad de manera consciente y racional, pero gran parte de nuestra vida mental sucede sin que nos demos cuenta. Nuestro cerebro utiliza experiencias anteriores, expectativas, hábitos y atajos para decidir a qué prestamos atención, qué ignoramos y cómo interpretamos lo que está ocurriendo.
Esto es tremendamente útil, pero también tiene sus riesgos. Podemos tener una oportunidad delante y no verla simplemente porque no encaja con aquello que esperábamos encontrar. Podemos interpretar una situación nueva a partir de viejos patrones y llegar a la conclusión de que no tiene solución antes incluso de haber explorado todas las alternativas.
El espectáculo de mentalismo permite jugar de una manera especialmente interesante con todo esto porque convierte esos procesos en algo visible y, sobre todo, en algo que se experimenta. No necesito explicarte durante veinte minutos que la atención es selectiva o que nuestra percepción no es tan objetiva como creemos. Puedo conseguir que estés completamente convencido de haber visto una cosa y, unos segundos después, mostrarte que quizá no había sucedido exactamente como pensabas.
Puedo colocar algo delante de tus ojos y conseguir que pase inadvertido. Puedo aprovechar una expectativa para que tu mente complete automáticamente información que realmente nunca estuvo allí. Y lo fascinante es que nuestra reacción suele ser siempre parecida: primero sorpresa, después incredulidad y finalmente esa palabra que da nombre al espectáculo.
Pero no todos nuestros “imposibles” tienen que ver con la percepción. Algunos de los más importantes tienen que ver con nuestras creencias. “Eso no se puede hacer”, “yo no soy capaz”, “esto siempre se ha hecho así”, “no tengo ese talento”, “esto no es para mí”…
Todos hemos pronunciado alguna vez frases parecidas y, en muchas ocasiones, lo hacemos convencidos de que estamos describiendo la realidad cuando quizá simplemente estamos describiendo nuestra interpretación de la realidad. Las creencias son necesarias porque nos ayudan a movernos por el mundo, pero algunas pueden convertirse en auténticos filtros que determinan qué posibilidades somos capaces de ver y cuáles descartamos antes incluso de explorarlas.
Lo más curioso de una creencia limitante es que rara vez se presenta ante nosotros como una creencia limitante. No aparece diciendo “cuidado, estoy a punto de impedirte ver una oportunidad”. Se presenta como una certeza. Como algo lógico. Como sentido común. Como una conclusión perfectamente razonable basada en nuestra experiencia.
Y precisamente por eso resulta tan poderosa. Una de las cosas que más me gusta del mentalismo es que me permite generar situaciones en las que una persona está absolutamente convencida de que algo no puede ocurrir y, unos instantes después, lo ve suceder delante de sus ojos. Durante unos segundos, aquello que parecía una certeza deja de serlo. Y quizá ese pequeño momento de duda sea mucho más interesante que el propio efecto de mentalismo.
También me gusta trabajar con la intuición. Durante mucho tiempo hemos presentado razón e intuición casi como si fueran dos fuerzas opuestas: o pensamos racionalmente o nos dejamos llevar por una corazonada. Yo creo que la realidad es mucho más interesante. La intuición puede ser una forma de procesamiento rápido basada en experiencias anteriores, patrones aprendidos y señales que quizá todavía no hemos convertido en pensamiento consciente. Eso no significa que siempre tenga razón, evidentemente, ni que debamos sustituir el análisis por la intuición, pero sí que puede complementar a la razón y aportar información que a veces dejamos fuera cuando tratamos de controlarlo absolutamente todo.
En diferentes momentos de ¡IMPOSIBLE! invito al público a decidir, elegir, anticipar o dejarse llevar por aquello que siente. No se trata de convertir la intuición en algo misterioso ni sobrenatural, sino de jugar con esa parte de nuestra mente que procesa mucha más información de la que somos capaces de verbalizar conscientemente. A veces ocurre algo muy interesante: cuando dejamos durante unos instantes de analizar cada variable y permitimos que aparezca una respuesta más espontánea, surgen posibilidades que nuestra mente racional quizá habría descartado demasiado pronto.
Por eso siempre he pensado que ¡IMPOSIBLE! es mucho más que una sucesión de efectos en un espectáculo de mentalismo. El mentalismo es el vehículo, pero la verdadera materia prima del espectáculo es nuestra forma de pensar. Podría hablar durante una hora sobre percepción, automatismos, intuición, atención o creencias limitantes, pero probablemente sería mucho menos divertido. Prefiero que el público lo experimente. Prefiero que durante unos minutos esté convencido de algo y después tenga que reconsiderarlo. Prefiero que descubra por sí mismo que su percepción puede equivocarse, que una elección puede estar influida por factores que no había detectado o que aquello que consideraba imposible quizá solo estaba fuera de su marco habitual de referencia.
Y ahí aparece la idea central de todo el espectáculo: lo imposible es muy divertido en el teatro, pero puede ser muy limitante en la vida real.
En el teatro quiero que digas “imposible” todas las veces que pueda conseguirlo. Quiero que te sorprendas, que intentes encontrar explicaciones, que dudes, que mires a la persona que tienes al lado buscando una respuesta y que salgas preguntándote cómo demonios ha podido ocurrir lo que acabas de ver. Esa es parte de la experiencia y, de hecho, es una de las cosas que más disfruto sobre el escenario. Pero cuando salgas del teatro me gustaría que te llevaras también una pequeña duda contigo. La próxima vez que tu mente te diga que algo es imposible, quizá puedas preguntarte si realmente lo es o si simplemente todavía no sabes cómo hacerlo.
Porque hay una enorme diferencia entre ambas cosas.
¿Es imposible cambiar o simplemente es difícil? ¿Es imposible aprender algo nuevo o quizá todavía no hemos encontrado la forma adecuada? ¿Es imposible detectar una oportunidad o estamos mirando la realidad desde los mismos patrones de siempre? ¿Es imposible tomar otro camino o simplemente nos incomoda abandonar aquello que ya conocemos? Muchas veces nuestra mente utiliza la palabra imposible como una manera de cerrar la búsqueda. Nos ofrece una respuesta rápida que evita seguir explorando. Y eso puede ser muy eficiente, pero también puede hacer que descartemos posibilidades que estaban delante de nosotros.
Aunque sobre el escenario aparezca mi nombre, siempre he pensado que el auténtico protagonista de ¡IMPOSIBLE! es el espectador. Sus decisiones, sus expectativas, su forma de percibir, sus creencias, sus certezas y sus dudas. Cada función es distinta porque cambian las personas y porque buena parte de lo que ocurre depende de ellas. No me interesa hacer un espectáculo de mentalismo en el que alguien se siente y contempla pasivamente una sucesión de demostraciones. Quiero que participe, que tome decisiones, que se equivoque, que acierte, que se sorprenda y que, durante un rato, observe su propia mente desde un lugar un poco diferente.
Si estás buscando un espectáculo de mentalismo en Madrid, ¡IMPOSIBLE! combina mentalismo, psicología, intuición, influencia, humor y participación del público para crear una experiencia en la que continuamente tendrás que preguntarte qué es posible y qué no lo es. No necesitas creer en nada y tampoco necesitas venir predispuesto a dejarte convencer. De hecho, si eres escéptico, mucho mejor. Puedes traer tu lógica, tus explicaciones y todas tus certezas.
Yo intentaré conseguir una sola cosa: que durante el espectáculo digas unas cuantas veces “esto es imposible”.
Y quizá, cuando salgas del teatro, esa palabra signifique para ti algo ligeramente diferente.
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