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Categoría: Liderazgo

  • Ceguera por inatención: Lo que no vemos mientras miramos

    Ceguera por inatención: Lo que no vemos mientras miramos

    Ceguera por inatención

    Qué es la ceguera por inatención?

    Hoy, millones de personas van a levantar la vista hacia el cielo para contemplar el eclipse total de sol, el primero visible desde España en más de cien años. Durante esos pocos minutos de oscuridad, toda la atención estará arriba, en el sol. Y en ese justo momento, cuando los ojos están fijos en el maravilloso espectáculo que nos ofrece la naturaleza, lo que queda fuera de nuestro foco: el resto de la ciudad, las personas alrededor, lo que ocurre a pocos metros… simplemente dejará de existir para la mayoría.

    Esta claro que no porque realmente haya desaparecido, sino porque la atención tiene sus límites y casi nunca los tenemos en cuenta cuando nos enfocamos en algo.

    En el liderazgo ocurre exactamente lo mismo. Y es tan común que hasta tiene nombre: Ceguera por inatención.

    Los psicólogos Daniel Simons y Christopher Chabris publicaron en 1999 uno de los experimentos más citados de la psicología cognitiva. Pedían a los participantes que contaran los pases de un equipo de baloncesto en un vídeo. Al terminar, preguntaban si habían visto al gorila.

    La mayoría no lo había visto. Un gorila en el centro de la pantalla, caminando entre los jugadores, que había pasado completamente desapercibido porque la atención estaba concentrada en otra tarea. Lo llamaron ceguera por inatención: cuando enfocamos la atención en algo con intensidad, literalmente dejamos de procesar lo que no forma parte de ese foco, aunque esté justo delante de nosotros.

    Por cierto, como este video si hizo tan famoso, publicaron otro para “engañar” a la gente que ya sabía que aparecía un gorila. Es un video genial porque nos demuestra que como ya sabemos que va a salir un gorila, ponemos la atención en el gorila y dejamos por ello de ver otras cosas en el video. Si no lo has visto te recomiendo que lo busques para que te des cuenta de como es algo que nos sucede sin ser consciente de ello.

    Un estudio publicado en 2024 en Organizational Behavior and Human Decision Processes confirmó que la ceguera por inatención es especialmente importante en líderes con alta carga de responsabilidad, precisamente porque su foco de atención está constantemente ocupado con prioridades de alto impacto. Cuanto más importantes son las cosas en las que piensas, más cosas dejan de estar en tu campo de visión.

    En el entorno empresarial, los gorilas pasan continuamente. Imagina que llevas semanas completamente absorbido por un proyecto estratégico que exige toda tu energía. Reuniones, decisiones, presión…

    Y mientras tanto, en tu equipo, alguien empieza a desconectarse, otro lleva tiempo con una carga de trabajo elevada, y la dinámica y los procesos, que deberían haberse corregido hace meses, sigue creciendo sin control. No lo ves porque no puedes verlo: tu atención tiene dueño, y ese dueño es el proyecto. Cuando finalmente salgas de esa fase, algunos de esos gorilas ya habrán cruzado toda la pantalla.

    O piensa en esto relacionado también con la ceguera por inatención: un equipo directivo pasa meses con la vista puesta en los resultados trimestrales, haciendo un seguimiento milimétrico de cada indicador financiero. Y durante ese mismo periodo, uno de sus competidores está creando algo que posiblemente vaya a cambiar las reglas del juego por completo. Y esto puede pasar desapercibido, no porque nadie pudiera verlo, sino porque nadie estaba mirando en esa dirección (estaban con la atención puesta en otra dirección).

    El foco estaba demasiado ocupado con lo más urgente como para tener espacio para lo que todavía no lo era pero que ya estaba teniendo lugar.

    Además, la ceguera por inatención tiene un efecto sobre los equipos que pocas veces se tiene en cuenta. Las personas que te rodean saben cuándo estás completamente absorbido por algo. Y aprenden, más rápido de lo que imaginas, qué tipo de información tiene posibilidades de llegar hasta ti y cuál no merece la pena intentarlo. Cuando el foco del líder está muy concentrado, el flujo de información que le llega se estrecha de forma automática. Y eso puede ser especialmente peligroso en los momentos en que más necesitas tener una imagen completa.

    Qué puedes hacer con todo esto?

    Lo primero es programar de forma deliberada momentos de visión periférica. No para distraerte de lo importante, sino para hacer una revisión activa de lo que no está en tu foco habitual. Una vez a la semana, hazte esta pregunta: ¿qué estoy dejando de ver porque mi atención está en otro sitio?

    Lo segundo es tener a alguien de confianza que te cuente lo que tú no estás viendo. No como un filtro que te proteja de las malas noticias, sino alguien que tenga acceso a partes de la realidad que a ti no te llegan y que se sienta con libertad para comunicártelas. Esa figura, bien utilizada, vale más que cualquier sistema de “reporting” estandarizado.

    Y lo tercero: cada vez que algo importante ocupe por completo tu atención, nómbralo en voz alta con tu equipo. «Voy a estar muy metido en esto las próximas semanas, así que necesito que me aviséis si veis algo que yo pueda estar pasando por alto.» Esa frase sola cambia por completo toda la dinámica. Das permiso. Y el permiso es lo que activa el flujo de información que de otra forma nunca llegaría.

    En el escenario del teatro, la ceguera por inatención es una herramienta de trabajo. Se llama misdirection: dirigir la atención del público hacia un punto concreto para que lo que ocurre en otro lugar pase completamente desapercibido. Hoy, mientras todo el mundo mira al cielo, yo estoy pensando en todos los gorilas que están cruzando la pantalla durante las reuniones de media España 😉

    Ten esto siempre en mente: no siempre fallas por no mirar. A veces fallas por mirar demasiado fijo en el mismo sitio.

    Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.

  • Sesgo del Superviviente: Si aprendes solo de los que ganan… ese es el problema.

    Sesgo del Superviviente: Si aprendes solo de los que ganan… ese es el problema.

    Sesgo del superviviente

    Qué es el Sesgo del Superviviente?

    Imagina que tu empresa está valorando lanzar una nueva línea de producto. Durante la reunión alguien lanza algunos ejemplos: Apple lo hizo con el iPhone, Amazon lo hizo con AWS, Google lo hizo con Gmail. Tres casos de éxito brillantes, con tres empresas de renombre y tres argumentos que apuntan en una misma dirección. Por todo ello, la decisión parece clara. Pero hay una pregunta que casi nadie se hace en estas situaciones: ¿cuántas empresas han intentado lo mismo pero al final no lo contaron porque no sobrevivieron para poder contarlo?

    Eso es lo que se conoce como el sesgo del superviviente, y puede que sea uno de los errores de razonamiento más extendidos en la toma de decisiones estratégicas. El mecanismo de funcionamiento es relativamente sencillo: cuando analizamos los resultados de cualquier proceso, solo vemos a los que llegaron al final. Los que fracasaron, los que cerraron, los que se quedaron a mitad del camino, simplemente no están.

    Y si no están, olvidamos tenerlos en cuenta y estudiarlos también. Todo esto hace que nuestra imagen de la realidad esté sistemáticamente sesgada hacia el éxito, lo que nos lleva a sobreestimar las probabilidades de que una estrategia funcione y a ignorar los riesgos reales que esta conlleva.

    El ejemplo más citado, cuando hablamos de este sesgo del superviviente, se remonta a la Segunda Guerra Mundial. El estadístico Abraham Wald recibió el encargo de analizar los aviones de combate que regresaban de las misiones para reforzar las zonas con más impactos de bala. La lógica parecía obvia: refuerza donde veas agujeros.

    Pero Wald aquí se hizo a si mismo la pregunta correcta: ¿y los aviones que no volvieron? Ya que los impactos que veía eran los que un avión había podido sobrevivir. Los aviones que cayeron lo hicieron por los impactos que nadie iba a tener en cuenta. Teniendo esto en cuenta, la conclusión fue la contraria: había que reforzar las zonas sin impactos!

    Un estudio publicado en 2024 en Strategic Management Journal confirmó que el sesgo del superviviente sigue siendo uno de los errores más frecuentes en la planificación estratégica empresarial, especialmente en decisiones de innovación y expansión.

    En el entorno empresarial, este sesgo del superviviente se nos cuela por todas partes. Piensa en los libros de management más vendidos de los últimos veinte años. La mayoría siguen el mismo patrón: identifican empresas con un éxito extraordinario, analizan qué hicieron y extraen principios que los lectores deberían aplicar para replicar su éxito.

    El problema es que muchas empresas aplicaron esos mismos principios y no llegaron a ningún lado. Pero esas empresas no protagonizan estos libros porque… principalmente ya no existen, o porque nadie ha considerado que su historia sea suficientemente interesante para contarla.

    O imagina que estás valorando contratar a alguien con un perfil poco convencional. Y alguien de tu equipo te dice a su favor: «Steve Jobs no terminó la universidad y mira lo que construyó.» Técnicamente es cierto. Pero hay decenas de miles de personas que tampoco terminaron la universidad y no construyeron nada parecido. Solo recordamos a Jobs porque llegó al final…

    Además, este sesgo del superviviente tiene un efecto muy concreto sobre cómo aprenden los equipos. Si en tu organización solo se analizan los proyectos que salieron bien, tu equipo está construyendo su criterio sobre una muestra completamente sesgada. El aprendizaje real está también, y a veces sobre todo, en lo que no ha funcionado. Lo que sucede es que eso raramente se documenta, se tiene en cuenta, se comparte o se convierte en conocimiento colectivo.

    Qué puedes hacer con todo esto?

    Lo primero es buscar activamente los casos que no están sobre la mesa. Cada vez que alguien en tu equipo cite un ejemplo de éxito como argumento para tomar una decisión, hazte la siguiente pregunta: ¿quién intentó lo mismo y no lo logró, y por qué? No para bloquear la iniciativa del equipo, sino para tener una imagen completa de las condiciones en las que esa estrategia funciona y en cuáles no.

    Lo segundo es crear el hábito de aprender también de los fracasos, tanto de los propios como de los ajenos. Si en tu empresa solo se documentan y comparten los proyectos exitosos, estás construyendo una memoria organizacional sesgada. Por favor, ten esto muy en cuenta y dedica la misma atención a analizar lo que no funcionó. No se trata de señalar a nadie, al contrario. La idea es que el criterio colectivo se construya sobre la realidad completa, no sobre la parte que resultó más impactante o fotogénica.

    Y lo tercero: desconfía de los argumentos con analogía a grandes casos de éxito. Recuerda esto: “Cuanto más famoso es el ejemplo, más probable es que sea un superviviente excepcional y menos probable que sea representativo”. El hecho de que algo le funcionara a una empresa en un contexto concreto dice poco sobre si te va a funcionar a ti, en tu contexto, ahora.

    En el escenario del teatro, el sesgo del superviviente está en el ADN de la profesión. Lo que el público ve es el resultado de años de pruebas, errores y descarte de todo lo que no funcionaba al dedillo. Nadie ve los centenares de intentos fallidos que quedaron fuera. Solo queda lo que funciona, y eso crea la ilusión de que todo lo que hago es infalible. Esa misma ilusión opera cuando estudias solo a los líderes que llegaron arriba y concluyes que su receta es la que tienes que seguir 😉

    Ten esto siempre en mente: el cementerio de las empresas está lleno de compañías que hicieron exactamente lo mismo que las que ahora quizás estás estudiando como “ejemplo” a seguir. Y es que la diferencia entre unas y otras no siempre está en el talento o el criterio. Muchas veces también hay que considerar el momento, el contexto o, como no, simplemente la suerte.

    Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.

  • Efecto de encuadre: La forma en que presentas una decisión es la decisión

    Efecto de encuadre: La forma en que presentas una decisión es la decisión

    Efecto de encuadre

    Efecto de encuadre… qué es?

    Imagina que le planteas a tu equipo esto: «Si seguimos con la estrategia actual, vamos a salvar el 30% de los contratos que están en riesgo.» Ahora imagina que presentas exactamente lo mismo, pero así: «Si seguimos con la estrategia actual, vamos a Eperder el 70% de los contratos que están en riesgo.» Si te fijas, los números son idénticos. Por lo tanto la realidad que describen es la misma, pero sin embargo, la reacción de tu equipo ante una y otra versión va a ser completamente diferente. (Y si ahora mismo estás pensando que tú no caerías en eso… es posible que estés infravalorando las ve ces que te ha pasado ya.)

    Esto tiene nombre y tiene una explicación muy certera. Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky lo documentaron en 1981 en uno de los experimentos más citados de la psicología cognitiva: ante información idéntica, las personas toman decisiones radicalmente distintas según cómo esté presentada esa información. Lo llamaron efecto de encuadre, o framing, y su conclusión fue: no respondemos a la realidad, respondemos a la representación de la realidad que alguien ha construido para nosotros. Y eso ocurre con o sin la intención de quien lo comunica.

    Un estudio publicado en 2024 en el Journal of Organizational Behavior confirmó que el framing es uno de los factores que más influye en la toma de decisiones colectiva, y que los líderes que lo gestionan de forma deliberada obtienen resultados significativamente distintos en negociaciones, procesos de cambio y comunicación de resultados.

    En el entorno empresarial, el efecto de encuadre está presente en prácticamente cada conversación importante que tienes, aunque rara vez lo veas como tal. Piensa en cómo presentas una reducción de presupuesto a tu equipo. «Vamos a recortar el gasto en un 15%» y «Vamos a redirigir recursos hacia las áreas que más impacto nos van a generar esta temporada» son dos formas de describir exactamente lo mismo. Pero la primera activa resistencia y preocupación y la segunda activa el foco y, en muchos casos, puede que hasta cierto grado de motivación. Como ves la diferencia no está en lo que ocurre, sino en cómo se presenta lo que ocurre.

    O imagina que tienes que dar feedback a alguien de tu equipo sobre unos resultados que por los que sea no han llegado al nivel que esperabais. Aquí el efecto de encuadre sería: «No has alcanzado el objetivo» o «Llevas el 75% del camino recorrido y todavía hay margen para ajustar cosillas” son evaluaciones sobre la misma realidad. Pero el primer planteamiento cierra, y el segundo abre. Y desgraciadamente, un equipo que recibe habitualmente encuadres de cierre va a ir aprendiendo, poco a poco, a arriesgar menos, a proponer menos, a protegerse más.

    Además, lógicamente el efecto de encuadre opera también al revés: no solo en cómo comunicas, sino en cómo recibes la información que otros te presentan. Cuando alguien te trae una propuesta enmarcada en términos de pérdida («si no hacemos esto ahora, vamos a quedarnos atrás»), tu cerebro reacciona de forma distinta que si la misma propuesta llega enmarcada en términos de ganancia («esto nos da una ventaja clara frente a la competencia»). Por lo tanto, reconocer el encuadre que hay detrás de lo que escuchas es tan importante como gestionar el que tú mismo usas.

    ¿Qué puedes hacer con esto? Lo primero es hacerte la pregunta del encuadre antes de cualquier comunicación importante que tengas que hacer: ¿cómo estoy presentando esto? ¿Desde la pérdida o desde la ganancia? ¿Desde el problema o desde la oportunidad? Y no se trata de adornar la realidad ni de ocultar lo que no funciona. Se trata de ser consciente de que el mismo contenido puede activar respuestas muy distintas según el marco desde el que se presenta, y de elegir ese marco de forma deliberada y consciente.

    Lo segundo es aprender a leer el encuadre de quienes te informan a ti. Antes de reaccionar a cualquier dato, propuesta o situación que alguien te presente, pregúntate: ¿cómo me están contando esto? ¿Qué destacan y qué dejan en segundo plano? Separar el contenido del encuadre es una habilidad que, una vez desarrollada, cambia por completo la calidad de las decisiones que tomas.

    Y lo tercero: presta atención al encuadre habitual que usas con tu equipo, porque tiene efectos acumulativos que van más allá de cada conversación puntual. Un líder que encuadra sistemáticamente las situaciones desde la amenaza y la pérdida construye un equipo más reactivo y defensivo. Uno que encuadra desde la oportunidad y el avance construye un equipo más proactivo. Por esta razón, la forma en que hablas de las cosas acaba siendo la forma en que tu equipo ve las cosas.

    En el escenario del teatro, el encuadre lo es todo. Cuando le pido a alguien que «elija libremente una carta», esa persona siente que tiene el control total de la situación. Y lo tiene… dentro del marco que yo he construido para que esa elección ocurra exactamente como la necesito. La libertad es real. El encuadre también. Y la combinación de ambos produce algo que desde fuera parece imposible. No es muy diferente a lo que ocurre en una sala de reuniones cuando alguien sabe presentar bien lo que quiere que ocurra 😉

    Mira, ten esto siempre en mente: Cuando comunicas, no comunicas hechos. Comunicas versiones de los hechos. Y la versión que eliges comunicar construye la realidad en la que trabaja tu equipo.

    Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.

  • Disonancia cognitiva: La decisión tomada es la que más cuesta revisar

    Disonancia cognitiva: La decisión tomada es la que más cuesta revisar

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    Disonancia cognitiva

    Ponte por un momento en esta situación: llevas seis meses apostando por una estrategia. La has defendido en varias reuniones, has involucrado a tu equipo bastante y has comprometido recursos importantes. Y ahora empiezan a llegar señales que apuntan en otra dirección. Varios datos que no cuadran, resultados que no terminan por llegar y empiezan a aparecer conversaciones desagradables sobre el tema. Llegados a este punto… ¿Qué harías con toda esa nueva información? ¿La incorporas y reconsideras? ¿O encuentras, casi sin darte cuenta, la forma de explicar por qué esas señales no son tan relevantes como parecen?

    Si tu primera reacción es la segunda… no estás solo y por su puesto no es falta de rigor. Es psicología en estado puro.
    Existe un mecanismo psicológico que el psicólogo Leon Festinger describió en 1957 y que sigue siendo uno de los hallazgos más relevantes para entender cómo tomamos decisiones bajo presión.

    Se llama disonancia cognitiva, y su funcionamiento es el siguiente: cuando dos creencias o informaciones que tenemos entran en conflicto entre sí, el cerebro experimenta una tensión que necesita resolver. Y casi siempre la resuelve del mismo modo: no cambiando la creencia que ya tenía, sino ajustando la nueva información para que encaje con lo que ya creía. En lugar de actualizar el mapa, cambia la realidad que no le cuadra.

    Un estudio publicado en 2024 en el Journal of Organizational Behavior confirmó que este patrón se intensifica en contextos de liderazgo cuando hay un componente de identidad involucrado. Es decir, cuando la decisión que tomamos no es solo una decisión, sino una declaración pública de quiénes somos o qué defendemos. Cuanto más visible ha sido el compromiso, más costoso resulta psicológicamente revisarlo. Y ese coste no lo paga solo el líder: lo paga también tu equipo y los resultados obtenidos.

    En el entorno empresarial, esta disonancia cognitiva se manifiesta de formas que seguramente reconocerás sin dificultad. Mira, piensa en ese directivo que lleva meses insistiendo con un proyecto que ha dejado de funcionar. Los indicadores no le acompañan, su equipo empieza a dudar, los clientes le dan señales de alerta. Pero él sigue adelante, y encuentra siempre una razón para explicar por qué los datos aún no reflejan el verdadero potencial de lo que ha puesto en marcha. Lo que realmente está haciendo es gestionar esa disonancia de la única forma que le resulta psicológicamente tolerable: protegiendo la coherencia entre lo que creyó y lo que ve.

    O imagina esto: contrataste a alguien en quien confiabas, lo integraste en el equipo y lo presentaste como el refuerzo que necesitabais. Y con el tiempo las señales empiezan a decir que quizás no era la persona adecuada. Esa situación genera una tensión enorme, porque reconocerla implica cuestionar tu propio criterio. Por eso tantos mandos aguantan demasiado tiempo antes de tener la “famosa” conversación. No por cobardía, sino porque el cerebro lleva semanas trabajando para encontrar otra explicación.

    Además, la disonancia cognitiva tiene un efecto sobre los equipos que pocas veces se menciona. Cuando el entorno percibe que el líder no puede revisar sus propias decisiones sin que eso suponga una amenaza para él, aprende a no traer malas noticias. Y un equipo que no trae malas noticias es un equipo que ha dejado de ser útil para detectar problemas a tiempo.

    Qué puedes hacer con esto?

    Lo primero es establecer de antemano las condiciones que te llevarían a reconsiderar una decisión importante. Antes de comprometerte públicamente con algo, define qué señales o resultados, si llegaran, cambiarían tu posición. Hacerlo antes de estar en medio de la tensión es la única forma de proteger tu criterio de la presión que genera haberlo ya expresado.

    Lo segundo es separar la decisión de tu identidad. Revisar una apuesta no significa haber estado equivocado: significa que la realidad ha aportado información nueva que en su momento no tenías. La frase «cambio de posición porque los datos han cambiado» no es una señal de debilidad. Es exactamente lo que distingue a un líder que aprende de uno que simplemente persiste.

    Y lo tercero: normaliza en tu equipo la revisión de decisiones como parte del proceso, no como un fracaso. Si las personas que te rodean ven que tú puedes cambiar de criterio sin perder autoridad, ellas también se sentirán más libres para traerte la información que necesitas, aunque sea la que menos quieres escuchar.

    En el escenario del teatro, la disonancia cognitiva es una herramienta de trabajo. Una vez que el público ha formado una idea sobre lo que está ocurriendo, interpreta todo lo que viene después a través de ese filtro, aunque lo que está viendo ya no tenga nada que ver con su explicación. La mente prefiere mantener la coherencia antes que admitir que no entiende lo que pasa. Eso, sobre un escenario, es un recurso. En una sala de dirección, puede ser un problema muy costoso 😉

    Ten esto siempre en mente: el mayor riesgo no está en tomar una decisión equivocada. Está en no poder revisarla cuando la realidad te lo está pidiendo a gritos.

    Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.

  • Integridad: Jugar sin hacerte trampas

    Integridad: Jugar sin hacerte trampas

    Integridad y liderazgo

    Integridad… qué significa realmente?

    Algunas palabras, por algún motivo, de pronto empiezan a ponerse de moda. Aparecen más en la televisión, en conversaciones de trabajo, con amigos, con la familia… Integridad es una de ellas.

    Pero, si nos detenemos un momento en esta palabra, ¿no te da la impresión de que la hemos convertido en una especie de comodín? Una palabra que utilizamos con frecuencia para describir a alguien de forma positiva, para hablar de valores, de honestidad o de hacer lo correcto. Y claro que tiene que ver con todo eso.

    A mi modo de ver, la integridad no se demuestra únicamente cuando todo va bien, cuando otros nos observan o cuando no nos cuesta nada comportarnos correctamente. Ahí es bastante fácil parecer o tener que ser íntegro.

    La integridad de verdad aparece y se pone a prueba en otro tipo de momentos: cuando nadie te mira y tienes algo que perder. Cuando podrías ganar algo si exageraras un dato, si prometieras más de la cuenta, si te guardaras una información importante o si te atribuyeras un mérito que no es completamente tuyo. Ahí es donde empieza el verdadero juego.

    Por eso me gusta referirme a la integridad como la capacidad de jugar sin hacerte trampas. Porque, al final, los negocios y la vida profesional también se parecen a un juego. Hay reglas, objetivos, presión, competencia, incertidumbre, intereses cruzados y momentos en los que tienes que negociar, vender, liderar, influir, defender tu posición y buscar resultados. El problema no es querer ganar. Tampoco es ser ambicioso. Y, desde luego, no hay nada malo en persuadir, influir o convencer para conseguir algo. Todo eso forma parte del juego.

    Cuál es el problema?

    El problema aparece cuando, para ganar, empiezas a retorcer la realidad hasta convencerte de que lo que estás haciendo no está tan mal. Ahí es donde empezamos a hacernos trampas a nosotros mismos. Cuando justificamos cosas que, en el fondo, sabemos que no encajan. Cuando nos contamos una historia para no reconocer que nos hemos pasado de la raya. Cuando decimos: “Bueno, no es para tanto”, “todo el mundo lo hace”, “había que hacerlo sí o sí” o “así son los negocios”.

    Y ojo, lo digo con esta claridad porque sé de lo que hablo: yo también me he hecho trampas a mí mismo. Y, si somos sinceros, todos nos las hemos hecho alguna vez. Todos nos hemos justificado. Todos hemos actuado desde el miedo, desde el ego, desde la inseguridad, desde la presión o desde el interés. Por eso creo que sería un error abordar este tema desde una posición demasiado moralista. Esto no va de ir por la vida dando lecciones a nadie. Tampoco se trata de ser Superman ni el Capitán América. Y, por supuesto, no se trata de creernos mejores que nadie.

    La clave no es la perfección. Una persona íntegra no es la que nunca se equivoca, porque entonces nadie podría ser íntegro. Una persona íntegra es la que se da cuenta cuando sus decisiones la están separando de quien quiere ser. Es la que todavía puede decirse: “Esto no lo he hecho bien” o “esto que estoy haciendo no encaja con la persona que quiero llegar a ser”. Y después de reconocerlo, corrige, repara o pide perdón si hace falta.

    Eso es integridad en la vida real. No la ausencia de errores, sino la honestidad suficiente para reconocerlos y la responsabilidad suficiente para corregirlos. Por eso, una señal clara de integridad es que todavía te importe cuando sabes que no estás siendo coherente contigo mismo.

    En el mundo profesional, esto pasa constantemente. Hay presión por vender, por crecer, por no decepcionar, por ahorrar, por gustar, por demostrar y por estar siempre a la altura. Y bajo esa presión, normalmente no tomamos grandes decisiones heroicas. Suelen ser pequeñas acciones casi invisibles: datos que adornas un poquito, promesas que haces demasiado rápido, expectativas que generas aunque sabes que quizá no las vayas a poder cumplir, conversaciones que evitas o medias verdades que lanzas sutilmente para que la otra persona entienda algo que no es del todo cierto.

    El juego interno de la integridad

    Bienvenidos al juego interno: ese partido que se juega dentro de ti. Puede que los demás no lo noten, pero tú sabes perfectamente cuándo has exagerado, cuándo has prometido de más, cuándo has guardado silencio porque te convenía o cuándo has actuado más desde el miedo a perder que desde una convicción real. Porque, tanto si te pillan como si no, tú siempre lo sabes.

    Y esa es la parte más delicada. Por fuera puede ir todo bien. Puedes tener buenos resultados, reconocimiento y éxito. Incluso puede parecer que vas ganando la partida. Pero, si todavía eres capaz de ser honesto contigo mismo, hay algo que internamente no cuadra, porque sabes que, poco a poco, te estás alejando de la persona que quieres ser. Ahí es donde el juego empieza a volverse peligroso: cuando, para “ganar” ahí fuera, empiezas a perderte por dentro.

    Por eso defiendo que la integridad no es solo una cuestión de cómo tratas a los demás. Es también, y quizá sobre todo, una cuestión de cómo te tratas a ti. No hacerte trampas a ti mismo no significa ser ingenuo. No significa dejar que otros se aprovechen de ti, renunciar a negociar, abandonar la ambición o dejar de defender tus intereses. Para nada. La integridad no es debilidad. La integridad también es poder, ambición e inteligencia, pero con rumbo, con límites y, sobre todo, con conciencia.

    Porque en la vida profesional hay que jugar. Hay que tomar decisiones, asumir riesgos, vender ideas, defender posiciones, influir, persuadir, competir y buscar resultados. El problema no está en jugar. El problema está en dejar de ser fiel a quien eres mientras juegas. Y precisamente por eso, esta manera de entender la integridad puede convertirse en una ventaja competitiva a largo plazo.

    Digo a largo plazo porque quizá al principio no impresione. Puede que no te haga ganar más rápido. Incluso puede que, en algunos momentos, parezca menos rentable. Pero con el tiempo esta forma de jugar nos ayuda a construir algo muy difícil de conseguir por otros caminos: credibilidad. Y la credibilidad lo cambia todo, porque la influencia sin integridad se convierte en manipulación y el éxito sin integridad se convierte en una deuda interna que tarde o temprano pasará factura.

    Por eso tu integridad no es lo que otros conocen de ti. Eso es tu reputación. Tu integridad es lo que tú sabes de ti cuando nadie está mirando.

    Cuando hablamos de jugar sin hacernos trampas, no hablamos de ganar a toda costa. Hablamos de ganar sin perdernos a nosotros mismos. Y quizá ahí esté el verdadero significado de la integridad: aprender a jugar bien en la vida, en el trabajo y en los negocios, sin tener que hacerte trampas para poder dormir tranquilo.

    Javier Luxor

  • El efecto Dunning-Kruger: Cuanto menos sabes sobre algo, más seguro estás de que lo entiendes

    El efecto Dunning-Kruger: Cuanto menos sabes sobre algo, más seguro estás de que lo entiendes

    efecto dunning kruger

    El efecto Dunning-Kruger

    Piensa en la última situación donde estuviste con una persona que mostraba una convicción absoluta sobre algo… ¿Cuánto sabía realmente?

    Imagínate en aquella situación donde alguien de tu entorno defendió una posición sin dejar espacio para la duda. Sin matices, sin incertidumbre, sin considerar que podía haber algo que no estaba teniendo en cuenta. Era categórico, ¿verdad?… completamente seguro de sí mismo. Vale, y ahora hazte esta pregunta: ¿era esa seguridad proporcional a su conocimiento del tema, o era, precisamente, una señal de que su conocimiento tenía límites que él mismo no podía ver?

    Ojo… que esto no es una pregunta retórica. Existe un fenómeno psicológico que explica con precisión por qué las personas con menor conocimiento en un ámbito tienden a sobreestimar su propia competencia, mientras que quienes realmente dominan ese ámbito suelen ser más cautos, más conscientes de lo que no saben y más abiertos a la duda. Los psicólogos David Dunning y Justin Kruger documentaron este mecanismo en 1999 en la Universidad de Cornell, y desde entonces ha dado nombre a uno de los sesgos más relevantes para el liderazgo: el efecto Dunning-Kruger.

    Cómo funciona este efecto?

    El mecanismo del efecto Dunning-Kruger es circular y algo paradójico. Para reconocer los propios errores en un dominio determinado, necesitas tener conocimiento suficiente sobre ese dominio. Quien no lo tiene, no dispone tampoco de las herramientas para evaluar sus propias carencias. Por eso el nivel más bajo de conocimiento suele ir acompañado del nivel más alto de confianza.

    Y por eso la experiencia real, cuando llega, genera siempre más humildad, más preguntas y una percepción mucho más honesta de los propios límites. Un estudio publicado en 2024 en Organizational Behavior and Human Decision Processes confirmó que este patrón es especialmente pronunciado en contextos de liderazgo, donde la posición jerárquica puede amplificar la sensación de competencia más allá de lo que los hechos justifican.

    Su influencia en el entorno empresarial

    En el entorno empresarial, el efecto Dunning-Kruger se manifiesta de formas que son reconocibles, aunque rara vez se nombran como tales. Piensa en ese directivo que toma decisiones sobre estrategia digital con total seguridad, aunque lleva años sin actualizar su comprensión real del entorno tecnológico. Su confianza no es falsa, no es actuada: él genuinamente cree que sabe. Y precisamente porque cree que sabe, no busca información nueva, no consulta a quien tiene más criterio en ese ámbito, no se hace las preguntas que le permitirían corregir el rumbo.

    O imagina esto: un mando intermedio que lleva poco tiempo gestionando personas y ya tiene una visión completamente formada sobre cómo motivar equipos, cómo gestionar el conflicto, cómo dar feedback. Tanta seguridad, tan poca experiencia. Quien lleva años en esa misma tarea, en cambio, tiende a hablar con muchos más matices, a reconocer que cada persona es diferente, a admitir que hay situaciones que todavía no sabe resolver del todo. Esa diferencia entre ambos no es de actitud. Es de conocimiento real acumulado.

    Además, el efecto Dunning-Kruger tiene una consecuencia sobre los equipos que pocas veces se menciona o se tiene en cuenta. Cuando un líder no es consciente de sus propios límites en un área, bloquea sin quererlo el conocimiento de las personas que sí los tienen. Quien más sabe suele estar más abajo en la jerarquía, y si el ambiente hace difícil contradecir o matizar al que más seguro se muestra, ese conocimiento se pierde antes de llegar a la decisión.

    Qué puedes hacer con esto?

    Lo primero es identificar los ámbitos en los que tu confianza es alta pero tu experiencia real es limitada. No para paralizarte no, sino para saber dónde necesitas buscar más criterio externo antes de actuar. La pregunta útil no es «¿estoy seguro de esto?» sino «¿tengo razones sólidas para estarlo?»

    Lo segundo es buscar activamente la perspectiva de quien sabe más que tú en esa área concreta, aunque eso signifique escuchar a alguien con menos años o menos rango. El conocimiento no siempre sigue la jerarquía. Y los líderes que más aprenden son, por lo general, los que más facilidad tienen para hacer esa pregunta sin sentirla como una amenaza.

    Y lo tercero, quizás el más valioso a largo plazo: cultiva la disposición a descubrir que no sabías lo que creías saber. Ese momento, cuando llega, suele sentirse como un golpe. Pero es también el punto de partida del conocimiento real, el que viene con matices, con excepciones, con la humildad de quien ha visto suficiente como para saber que siempre hay algo más que ver.

    En el escenario del teatro, el efecto Dunning-Kruger es algo que observo con frecuencia como mentalista. Las personas más convencidas de que saben cómo funciona todo, las que tienen una explicación preparada para cualquier cosa que ocurra, son paradójicamente las más fáciles de sorprender. Su confianza les impide ver lo que en realidad está pasando. Quienes llegan con más humildad y más curiosidad genuina son los que se llevan el aprendizaje más profundo de la sesión 😉

    Ten esto siempre en mente: la duda no es el enemigo del buen criterio. Es, casi siempre, uno de sus síntomas más fiables.

    Quién es el autor?

    Javier Luxor eventos de empresa

    Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.

  • Qué es la influencia (de verdad) y cómo desarrollarla?

    Qué es la influencia (de verdad) y cómo desarrollarla?

    influencia

    En un mundo donde todos comunicamos constantemente, solo unos pocos logran dejar huella. ¿La diferencia? La influencia.

    Y no, no hablo de manipulación ni de presión. Hablo de esa habilidad sutil pero poderosa que tienen algunas personas para que sus ideas sean escuchadas, sus propuestas valoradas y sus mensajes recordados.

    Pero… ¿Qué es exactamente la influencia? ¿Y cómo se convierte uno en una persona influyente?

    Empecemos por la base: ¿Qué es influir?

    Influir es lograr que otros cambien su forma de pensar, sentir o actuar… sin que sientan que están siendo forzados. Es una forma de liderazgo invisible. Una combinación de conexión emocional, credibilidad y claridad. Influir es conseguir que los demás quieran moverse contigo.

    Y para eso, no necesitas gritar, ni imponer, ni tener un cargo importante. Necesitas saber conectar. Saber escuchar. Saber comunicar.

    ¿Por qué es tan importante hoy saber influir?

    Porque puedes tener las mejores ideas del mundo… pero si no sabes transmitirlas, se quedan en ti.

    La influencia te permite:

    • Liderar sin imponer.
    • Vender sin presionar.
    • Negociar sin confrontar.
    • Inspirar sin necesidad de dar órdenes.

    Y no solo en lo profesional: también influimos cuando educamos, cuando motivamos, cuando cuidamos nuestras relaciones.

    Las 5 características de una persona influyente

    1. Autenticidad Las personas influyentes no necesitan aparentar. Son coherentes entre lo que piensan, dicen y hacen. Y eso genera confianza.

    2. Escucha activa Saben que el verdadero poder empieza cuando el otro se siente escuchado. Escuchan para comprender, no para responder.

    3. Claridad al comunicar Transfieren ideas con sencillez. Usan palabras que conectan, no que confunden.

    4. Credibilidad Tienen autoridad moral. Cumplen lo que prometen. Inspiran respeto y fiabilidad.

    5. Conexión emocional Saben tocar algo dentro del otro. Porque al final, no recordamos tanto lo que nos dicen… sino cómo nos hacen sentir.

    ¿Y ahora qué?

    La buena noticia es que la influencia se entrena. No es un don reservado a unos pocos. Es una habilidad que puedes desarrollar… si sabes cómo.

    ¿Tú cuál de estas 5 cualidades ya tienes? ¿Y cuál sientes que necesitas trabajar más? Te leo en los comentarios.

    Y si te interesa seguir aprendiendo sobre cómo influir sin manipular, comunicar con impacto y dejar huella con tus palabras… Suscríbete a esta newsletter y no te pierdas los próximos artículos.

    Javier Luxor – Autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«

  • Escucha activa para influir: el superpoder olvidado de los líderes y vendedores

    Escucha activa para influir: el superpoder olvidado de los líderes y vendedores

    escucha activa

    La escucha activa una herramienta fundamental

    Hay una herramienta que transforma radicalmente la forma en que lideras, vendes o negocias. Una herramienta tan sencilla como poderosa. Una herramienta que muy pocos dominan realmente: la escucha activa.

    Y no, no me refiero a quedarte callado mientras el otro habla. No tiene nada que ver con eso. Ni tampoco a escuchar solo lo que quieres para responder lo que encaja con tu respuesta. Es otro tipo de escucha una escucha empatía y real que conecta con las personas a un nivel inimaginable.

    Me refiero a escuchar de verdad, con atención plena, con presencia total y con la intención de comprender, no de responder.

    Porque —como decía Carl Rogers, uno de los padres de la psicología humanista— y un psicólogo de referencia en el mundo de la psicología en general:

    “Cuando alguien se siente profundamente escuchado, baja la guardia.”

    ¿Qué es la escucha activa y por qué lo cambia todo?

    En un mundo saturado de discursos, pitches, mensajes y ruido… la verdadera influencia comienza en el silencio.

    La escucha activa consiste en prestar atención no solo a las palabras, sino también al estado emocional, los gestos, el tono y lo que se dice entre líneas.

    Es hacer que el otro se sienta comprendido, validado y respetado.

    Y esto, en el mundo del liderazgo, la venta y la negociación, marca la diferencia.

    5 razones por las que escuchar activamente te convierte en una persona más influyente

    1. Entiendes lo que realmente quiere el otro. No lo que dice, sino lo que necesita. En ventas, esto es oro puro.
    2. Generas confianza. Y sin confianza, no hay venta, ni liderazgo, ni negociación que prospere.
    3. Detectas objeciones reales. A veces el cliente dice que es el precio, pero en realidad tiene miedo al cambio.
    4. Construyes relaciones duraderas. Porque las personas se quedan con quienes las hacen sentir escuchadas.
    5. Disminuyes la resistencia del otro. Al sentirse comprendido, se abren posibilidades antes bloqueadas.

    ¿Y cómo se escucha activamente en el año 2025?

    Esto no va de asentir mecánicamente o repetir lo que dijo el otro. Estas son las claves actuales de una escucha activa eficaz:

    • Atención plena. Sin móvil, sin distracciones, sin planear tu respuesta mientras el otro habla.
    • Lenguaje corporal abierto. Tu cuerpo también escucha.
    • Parafraseo inteligente. “Entonces, lo que te preocupa es…”
    • Validación emocional. “Entiendo que eso pueda haberte frustrado.”
    • Curiosidad auténtica. Preguntas que demuestran interés real.
    • Silencio estratégico. A veces, decir menos… es escuchar más.

    Como señala Daniel Goleman, autor de Inteligencia Emocional, “escuchar activamente es una de las habilidades esenciales del líder emocionalmente inteligente”.

    ¿Cómo aplicar esto en tu día a día?

    🔹 Eres CEO y tu equipo no ejecuta tus ideas: escucha activamente sus miedos, sus límites, sus frustraciones. Así generarás alineación, no obediencia.

    🔹 Eres vendedor y el cliente duda en comprar: en lugar de empujar, pregunta y escucha. Ahí están las claves para cerrar.

    🔹 Eres emprendedora y temes sonar agresiva en tus campañas: ¿estás escuchando de verdad lo que tu audiencia necesita o estás hablando desde tu urgencia?

    La próxima vez que entres en una reunión, una negociación o una conversación con un cliente, haz un experimento: En lugar de convencer, escucha con atención plena, con empatía y sin interrupciones.

    Verás cómo la influencia surge… casi sin esfuerzo.

    Porque escuchar no es ceder poder, es usarlo con inteligencia.

    Javier Luxor. Autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«

  • El efecto anclaje: Un número que alguien puso sobre la mesa… ya está influyendo en tu decisión.

    El efecto anclaje: Un número que alguien puso sobre la mesa… ya está influyendo en tu decisión.

    efecto anclaje

    El efecto anclaje influye en tus decisiones: Por qué la primera cifra que escuchas en una negociación es más poderosa de lo que crees (y cómo usar eso a tu favor)

    Imagina esta situación: estás en una negociación de presupuesto con un proveedor. Llegas preparado, con tus números claros, con tus argumentos bien estructurados. El proveedor abre la conversación poniendo una cifra sobre la mesa. Una cifra que te parece alta, quizás incluso exagerada. Negocias, contraargumentas, consigues una rebaja considerable y cierras el acuerdo satisfecho.

    Ahora párate un momento y hazte esta pregunta: ¿cuánto de tu decisión final estuvo realmente en tus manos, y cuánto lo determinó ese primer número que puso él?

    Existe un mecanismo cognitivo que los psicólogos llevan décadas estudiando y que opera con una precisión sorprendente en cualquier contexto donde haya cifras, valoraciones o juicios de valor. Se llama efecto de anclaje, y su funcionamiento es tan elegante como inquietante: cuando nuestra mente recibe un primer dato numérico — cualquier dato, incluso uno arbitrario — lo usa como punto de referencia inconsciente para todo lo que evalúa a continuación.

    Amos Tversky y Daniel Kahneman fueron los primeros en documentar este fenómeno (efecto anclaje) con rigor. En uno de sus estudios más célebres, pidieron a los participantes que estimaran el porcentaje de países africanos en la ONU. Antes de responder, hacían girar una ruleta trucada que mostraba el número 10 o el 65. Quienes habían visto el 10 daban estimaciones significativamente más bajas que quienes habían visto el 65. Un número completamente arbitrario había condicionado las respuestas de personas racionales e informadas. El «ancla» no necesita ser algo lógico para funcionar. Tan solo necesita ser lo primero que ve la persona.

    En el mundo de los negocios, este efecto anclaje se manifiesta de formas que probablemente reconocerás si te paras a observarlas. Piensa en esa reunión donde el director financiero presenta el primer borrador de presupuesto anual. Aunque todos en la sala saben que ese número es una propuesta inicial, el debate que sigue raramente se aleja demasiado de él. Las discusiones giran en torno a ajustes, incrementos o recortes sobre esa cifra de partida. Ese ancla ha definido el campo de juego antes incluso de que alguien haya dicho algo.

    O imagina que estás evaluando a un candidato para un puesto directivo. El primer curriculum que lees tiene un salario actual de 90.000 euros. El segundo tiene uno de 60.000. ¿Crees que esa información no va a influir en la oferta que terminas haciendo? Varios estudios han demostrado que sí, y de forma significativa, incluso cuando los evaluadores son conscientes del efecto y se proponen activamente ignorarlo.

    Además, el efecto anclaje opera con especial intensidad en situaciones de incertidumbre — y pocas situaciones generan más incertidumbre que las negociaciones importantes. Cuanto menos seguros estamos de cuál es el valor real de algo, más nos aferramos al primer número que alguien ha tenido la iniciativa de poner encima de la mesa. En la incertidumbre, el ancla se convierte en certeza, sería como si fuera el único suelo firme que tiene la mente para pisar y sostenerse.

    Qué puedes hacer con esto?

    Lo primero, y más importante, es tomar la iniciativa de anclar tú antes de que lo haga la otra parte. Las investigaciones del Programa de Negociación de Harvard son muy claras al respecto: quien pone el primer número sobre la mesa tiene una ventaja real y medible. No se trata de ser agresivo ni de inflar cifras de forma irresponsable. Se trata de entender que ese primer dato va a orientar toda la conversación, y que es mejor que seas tú quien lo coloque. Por lo tanto, prepara tu ancla con cuidado, con argumentos sólidos detrás, y lánzala antes de que lo haga el otro siempre que te sea posible.

    Lo segundo es desarrollar el hábito de identificar las anclas que los demás colocan. Cuando alguien pone un número sobre la mesa, antes de reaccionar, hazte esta pregunta: ¿estoy evaluando este dato de forma independiente, o me estoy moviendo a partir de él? Esa pausa consciente es lo que separa al que negocia de forma reactiva del que negocia de forma estratégica. No se trata de ignorar el ancla — es casi imposible. Se trata de saber que está ahí.

    Y lo tercero es llegar a cualquier negociación importante con tus propios referentes bien preparados. El antídoto más eficaz contra el efecto anclaje ajeno es tener tus números fundamentados antes de sentarte. Por favor, no entres en una negociación relevante sin haber establecido de antemano tu precio objetivo, tu límite y los argumentos que sostienen cada uno. Cuanto más sólida es tu preparación, menos poder tiene el ancla del otro para moverte de donde deberías estar.

    En el escenario del teatro, el anclaje es una de mis herramientas más sutiles. Antes de que el público elija un número, una carta o una palabra, ya he colocado referencias en su mente que van a orientar esa elección. Ellos creen que deciden con total libertad. Y en cierta forma así es. Pero esa libertad se ejerce dentro de un marco que alguien ya ha dibujado antes de que empiece el juego.

    Lo importante es que este mecanismo funciona exactamente igual fuera del escenario — en las negociaciones, en la reunión de presupuestos, en la entrevista de selección. La única diferencia es que allí nadie te avisa de que está ocurriendo 😉

    Ten esto siempre en mente: El que ancla primero no gana siempre. Pero el que nunca ancla, siempre pierde.

    Quién es el autor?

    Javier Luxor eventos de empresa

    Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.

  • Fatiga de decisión: Cuantas más decisiones tomas en un día, peor decides

    Fatiga de decisión: Cuantas más decisiones tomas en un día, peor decides

    fatiga de decisión

    La Fatiga de decisión

    Imagina esta escena: son las cuatro de la tarde y llevas desde las nueve de la mañana tomando decisiones. Algunas pequeñas, otras no tanto. Has resuelto un conflicto entre dos personas de tu equipo, has aprobado un presupuesto, has respondido a una veintena de correos que requerían algún tipo de criterio, has participado en tres reuniones donde se esperaba tu opinión… Y ahora tienes otra decisión importante que tomar, pero a estas alturas te gustaría decir simplemente que sí, cerrar el tema y pasar a otra cosa.

    ¿Te ha pasado alguna vez? Porque si la respuesta es sí, lo que has experimentado tiene nombre, tiene base científica y está afectando a la calidad de tu liderazgo y capacidad de gestión más de lo que imaginas.

    Existe un fenómeno que la neurociencia lleva años documentando y que los entornos empresariales siguen ignorando casi por completo. Se llama fatiga de decisión, y su mecanismo es muy simple pero también muy dañino: la capacidad mental que usamos para tomar decisiones es un recurso limitado.

    Cada vez que decides, con independencia de la importancia de la decisión, consumes una parte de ese recurso limitado. Y cuando este recurso se agota, el cerebro empieza a tomar atajos por su cuenta: aprueba lo que tiene delante para no tener que pensar. Evita lo que es complejo. Elige lo conocido frente a lo nuevo… No porque seas un mal líder, sino porque tu mente está haciendo exactamente lo que está diseñada para hacer: conservar energía cuando los recursos escasean.

    El psicólogo Roy Baumeister, de la Universidad de Queensland, fue uno de los primeros en documentar este fenómeno (con bastante rigor por cierto). Sus investigaciones mostraron que el autocontrol y la toma de decisiones comparten el mismo depósito de recursos cognitivos y que ese depósito se vacía con el uso.

    Según el Harvard Business Review, un CEO toma una media de cincuenta decisiones de alto nivel al día, y McKinsey encontró en 2024 que las empresas cuyos líderes gestionaban activamente su fatiga de decisión superaban en rentabilidad a sus competidoras en un 22% a lo largo de cinco años. Ojo, porque esto no es un dato menor. Es la diferencia entre liderar con criterio o liderar con el piloto automático puesto.

    Seguro que lo reconoces en tu día a día

    En la práctica, esto se manifiesta de formas que seguramente reconocerás en tu día a día. Piensa en esas reuniones que se programan a última hora de la tarde, justo cuando el equipo directivo lleva horas tomando decisiones. Las propuestas que se presentan ahí tienen muchas más probabilidades de ser aprobadas sin el nivel de análisis que merecen, sencillamente porque el cerebro de quienes deciden ya no tiene capacidad para resistir ni para profundizar. Pero lo que te decía, esto no es por falta de rigor…. es porque somos así (es pura biología).

    O imagina al directivo que a primera hora de la mañana es preciso, estratégico y exigente en sus criterios y que a las seis de la tarde firma cualquier cosa que le pongan delante con tal de cerrar la jornada. Esta claro que son la misma persona, pero no están en el mismo estado mental. Y esa diferencia de estado tiene consecuencias reales sobre los equipos, los proyectos y los resultados.

    Además, la fatiga de decisión tiene un efecto secundario que pocas veces se tiene en cuenta ya que nos vuelve más impulsivos o, en el extremo contrario, más evitativos. El cerebro cansado no busca la mejor opción, en ese estado, siempre busca la opción más rápida. Y eso en un entorno de liderazgo se traduce en lo de siempre: decisiones precipitadas, postergaciones innecesarias o una tendencia a mantener el statu quo simplemente porque cambiar algo requiere de una energía que ya no está disponible.

    Y qué puedes hacer tu con esto?

    Lo primero es proteger tu agenda con el mismo criterio con el que proteges tu tiempo. Las decisiones más importantes de tu día deben ir en los primeros bloques de la mañana, cuando el recurso cognitivo está al máximo. No es una cuestión de preferencia personal, es una cuestión de calidad del juicio. Si tienes margen para elegir cuándo te reúnes, cuándo apruebas presupuestos y cuándo mantienes conversaciones difíciles, elige siempre las primeras horas del día.

    Lo segundo es reducir de forma activa el número de decisiones que tomas cada día. Y recuerda que delegar no significa perder control. Delegar de alguna forma es también preservar tu capacidad cognitiva para lo que sí requiere un nivel de análisis adecuado por tu parte. Por favor, ten en cuenta y revisa cuántas de las cosas que decides a diario podrían decidirlas otras personas de tu equipo con los criterios adecuados. Si lo haces de manera honesta, probablemente te des cuenta que serán más de las que creías. Esto es clave.

    Y lo tercero, quizás lo más sencillo y lo más infrautilizado: introduce pausas reales entre bloques de decisiones intensas. No reuniones seguidas durante cinco horas. No correos entre reunión y reunión. El cerebro necesita tiempo para recuperar el recurso que ha consumido, y eso solo ocurre cuando se le da la oportunidad de descansar de verdad, aunque sea durante quince minutos.

    En el escenario del teatro, el momento en que eliges actuar importa tanto como lo que haces. Hay instantes en los que el público está alerta, con toda su capacidad de percepción activa, y otros en los que su mente ya lleva un rato tomando atajos… viendo lo que espera ver, decidiendo lo que le resulta más fácil. Saber leer ese estado y elegir el momento adecuado para cada cosa es parte del oficio. Lo mismo aplica al liderazgo, con la diferencia de que allí las consecuencias duran mucho más que una función teatral 😉

    Ten esto siempre en mente: A veces, la mejor decisión que puedes tomar es esperar a mañana por la mañana.

    Quién es el autor?

    Javier Luxor eventos de empresa

    Javier Luxor es psicólogo organizacional, ingeniero e ilusionista psicológico. Conferenciante y autor de «El pequeño libro de la influencia y la persuasión«.